HOY HACE 300
AÑOS, el martes
16 de febrero de 1723, el volcán Irazú, ese viejo dragón que duerme con un ojo
abierto, entró en una fantástica y prolongada erupción. De no ser por el alma
de cronista del gobernador de Costa Rica, Diego de la Haya Fernández, poco
sabríamos de aquel increíble acontecimiento. Gracias a su pluma, conocemos lo
ocurrido con el volcán, desde febrero hasta diciembre de ese año. Todos los
hechos quedaron plasmados en un manuscrito de accidentada escritura, y de muy
azarosa existencia, el cual recoge, con gran precisión, destemplanza y candor,
uno de los episodios más extraordinarios de la era colonial, en nuestro país.
Es grandioso imaginar al gobernador
de la Haya, acompañado de su secretario, a la luz casi muerta de una vela,
llenando folios en su casa de habitación, frente a la Plaza Mayor, mientras el
coloso enfurecido, metía el terror en las almas cartaginesas, al abrir y cerrar
las puertas y ventanas de sus viviendas. El relato es sobrecogedor por muchas
razones, pero nadie podrá olvidar las procesiones de santos --encabezados por
la ya centenaria Virgen de Ujarrás y una
muy joven Virgen de los Ángeles-- como si fueran todos ellos los héroes de una
epopeya, acudiendo en pleno, para vencer al más temido enemigo: el perturbado
genio de la Tierra. ¡Es que se vivía el fin del mundo!
El volcán Irazú se formó hace cientos
de miles de años y, desde entonces, sus erupciones han sido periódicas y
violentas. La memoria costarricense recuerda aún con gran pavor la última,
ocurrida en 1963; pero aquella de 1723, solo la conocemos gracias a las
impactantes notas del gobernador.
El manuscrito en folio “Volcán Reventado, de
1723”, como he decidido llamarlo por razones prácticas, ha pasado por grandes vicisitudes, al punto
que hoy, en 2023, no se conoce su paradero. Se sabe que en el año 1967,
se encontraba en muy mal estado y, para entonces, formaba parte de la colección
de documentos del Dr. Oscar Tristán Castro. Por fortuna, en un momento de su
inusitada historia, cayó en manos elevadas, que lo transcribieron, para
conocimiento de las generaciones futuras.
La primera vez que vi el texto fue en
el libro “Don Diego de la Haya Fernández”, de Luz Alba Chacón (Editorial Costa
Rica, 1967). En él, la autora explica, detalladamente, los avatares del
manuscrito, hasta la época en que ella escribió su libro, destacando el
importante papel del profesor José Fidel Tristán, en su rescate. El profesor,
perdidamente enamorado de aquel texto colonial, hizo todo lo posible por
salvarlo y dar a conocerlo al país, lo que logró en 1924, cuando lo publicó
completo, en un opúsculo llamado “Dos Documentos Históricos”, acompañado de
numerosas e interesantísimas notas.
De inmediato, quedé impactado por los
increíbles datos en la narración; pero caí en cuenta que, para leerla hasta el
final, y disfrutar su lectura, se requería de un esfuerzo por entender aquel
texto lleno de dificultades. Estaba escrito en castellano antiguo, plagado
errores de ortografía, repeticiones, frases perdidas, etc.
Fue entonces cuando tuve la idea de
adaptarlo al español moderno, para facilitar al lector una lectura fluida. Me
propuse hacerlo convirtiendo, dentro de los párrafos, las frases largas en
varias oraciones cortas, sin alterar la esencia del relato, ni forzar o
eliminar palabras, a menos que fuera absolutamente necesario.
El resultado es este texto que, en
cierta forma, es limítrofe con una traducción. Soy consciente que a
algunos les puede resultar poco menos que una herejía tocar la letra de quien
ya no puede defenderse; pero para otros, puede ser la oportunidad de leer un
texto de hace tres siglos, en un lenguaje actual, que los acerque a un
acontecimiento tan singular de nuestra historia, pero tan absolutamente
olvidado.
Finalmente, siempre tuve claro que
muchas palabras o pasajes del texto requerían de explicaciones, por eso incluí
suficientes notas, entre ellas varias de las que el mismo profesor José Fidel
Tristán, incorporó a su libro, en el año 1924.
En resumen, el texto que ofrezco a
los lectores contiene un total de 53 notas, de las cuales 12 son de
José Fidel Tristán; el resto son mías (algunas de ellas están basadas en otras
fuentes, que siempre se indican).
Finalmente, quiero comentar que este texto es uno de los apéndices de un libro que tengo en preparación acerca de la historia del manuscrito “Volcán Reventado, de 1723”. El libro contendrá, junto con este apéndice, otros donde se incluye el texto original, así como las pocas imágenes disponibles del manuscrito, y finalmente una recreación literaria, un monólogo del gobernador Diego de la Haya, basado en su legendario manuscrito. De contar con la benevolencia de Dios, esperamos que este libro vea la luz en un futuro no muy lejano.
Relación
diaria de don Diego de la Haya Fernández [1]sobre
la erupción del Volcán Irazú, en el año 1723 [2].
Adaptación en prosa actual, por Sergio Orozco
Abarca, a partir del texto original, escrito por el gobernador Diego de la Haya Fernández, e incluido en el apéndice V del libro de
Luz Alba Chacón, “Don Diego de la Haya Fernández”, Editorial Costa Rica,
1967.
Página 1 del documento (hoja 115 del
libro del Cabildo)
Relación diaria expuesta por Diego de la Haya Fernández, gobernador
y capitán general de la Provincia de Costa Rica, por Su Majestad [3],
de lo acontecido con el volcán que entró en erupción[4].
La ciudad de Cartago está fundada en las faldas de una cima,
de más de cuatro leguas [5]
de altura, en cuya cumbre se forma una mesa llana [6],
que los antiguos y modernos reconocen como la boca del volcán Reventado [7].
Muy cerca de ella, en otra cumbre al noreste, está el volcán Turrialba --ya rajado
por una gran erupción de hace muchos años--, el cual humea por tiempos, sin producir
daño en sus contornos.
El martes 16 de febrero, a las tres de la tarde, se pudo
ver, sobre aquella cima, un plumaje muy fecundo, que al principio parecía un celaje
de la esfera; pero luego se vio que nacía en la altura de la montaña, aumentando
su actividad en una humareda renegrida, obscura y tenebrosa que, por la fuerza
del viento norte [8],
se desplazaba hacia los valles de Curridabat [9]
y Barva [10].
Desde las cinco de la tarde, empezó el volcán a retumbar cada media hora.
Este hecho atemorizó a toda la vecindad, que acudió a la santa iglesia parroquial [11], y para consolar a la gente de esta grave aflicción, el señor cura y vicario don Diego de Angulo Gascón [12] mandó descubrir al milagrosísimo Cristo de la Victoria [13], ante el cual se rezó el rosario y las letanías de los santos. Lo mismo se hizo en la capilla de Nuestra Señora del Rosario [14], cuyas dos imágenes fueron veladas toda la noche, a pesar del temor de los vecinos a los violentos truenos, que estremecían la iglesia y toda la ciudad [15].
Ante la turbación que vivíamos, ordené rondas en toda la población,
y patrullas de caballería a los campos, para evitar robos, pues muchas familias,
por temor, abandonaron sus casas.
Para transmitir alivio a los vecinos, a las ocho de la
noche, acompañado del sargento mayor, don Juan Francisco de Ibarra y cuatro
hombres, emprendí con ellos viaje a las faldas del volcán, para preguntar a los
vecinos, si habían oído o visto otras señales distintas a las referidas. Todos respondieron que, al inicio, solo habían oído los retumbos, sin
percatarse de la humareda en la cumbre. Sin embargo, no pudimos pasar de allí, a
causa de la mucha obscuridad que cubría casi toda la montaña, y por el fuerte y
repugnante olor a azufre [16]
, así que nos devolvimos a la ciudad, donde hallamos al pueblo en vigilante
centinela.
A las cuatro de la madrugada del miércoles 17 se oyó un retumbo mayor que los anteriores con estruendo continuado, y de inmediato se vieron, sobre la cima del volcán, grandes llamas que desaparecieron al aclarar el día. Sobre aquella parte fue cayendo mucha niebla, mientras continuaban los truenos con mayor ruido, alcanzándose los unos a los otros [17], [18].
Tan pronto como amaneció, envié al ayudante Luis de Salazar
con dos soldados a la falda del volcán, por la parte de barlovento[19],
para obtener noticias y recolectar fragmentos de materiales. Al regresar,
Salazar trajo un puñado de cenizas comprimidas y delgadas, y otro de arenas
gruesas quemadas, de las que estaban cubiertos los campos y potreros de las
faldas que miran a la ciudad.
Ese mismo miércoles, se dispuso colocar en andas al Santo
Cristo de la Victoria y a Nuestra Señora del Rosario, en la santa iglesia
parroquial. Se les cantaron misas, letanías y rosarios, pero aún así no cesaban los
truenos y retumbos. Cuando anocheció, se vieron llamas por la parte alta de la
cumbre, y dentro de ellas, grandes bolas de fuego y otros fragmentos encendidos.
Hubo fuertes truenos y retumbos que continuaron hasta las cuatro de la mañana
del jueves 18. Con la claridad de la aurora, se ocultaron las llamas, pero no
las columnas de humo que, por instantes, siguieron fluyendo.
A las nueve de la mañana del jueves 18, recibí una carta del reverendo padre fray José Miguel Álvarez, religioso y doctrinero de Curridabat, pueblo distante cuatro leguas al oeste de Cartago, en el camino real a los valles de Barva. Decía la carta que en dicho pueblo y sus contornos cayó mucha ceniza y arena, desde la noche del martes, con continuos truenos. Como a las diez de la mañana me dirigí a la calle que está de por medio con la del señor vicario [20], para observar la actividad del volcán. Allí estaban los capitanes Juan Sancho de Castañeda, José Felipe Bermúdez y el alférez Antonio Angulo, y todos advertimos que el volcán había arrojado gran cantidad de arena y otros fragmentos, conformando una loma en su superficie. Estábamos contemplando aquello y los grandes truenos, cuando a eso de las tres de la tarde, vimos aparecer, entre el humo, un arco formado por figuras como copos de algodón o de nieve, por su blancura, y del grueso de cuatro dedos. El arco fue subiendo a dos picas de altura [21] en línea recta, separándose de la emanación, hasta transformarse en una especie de palma, que semejaba la forma de un Ave María, sin subir ni bajar, y después fue arrojando, poco a poco, la materia que lo formaba, hasta desaparecer en su totalidad, según fueron testigos el señor vicario y muchas otras personas [22].
A las cinco de la tarde del mismo jueves me informaron que humeaba el volcán Turrialba, y para confirmarlo mandé al alférez Manuel del Castillo, quien una vez en el alto de la cuesta de Ujarrás [23], pudo divisar aquel volcán, que solo arrojaba una tenue humareda. Después de esa hora, cesaron los truenos y retumbos, y parecía haber acabado la erupción; pero luego, al anochecer, se le vio arrojar más fuego junto con piedras gigantes encendidas, por lo cual, parecía haberse ensanchado aún más su boca, a causa del material que fluyó en la noche hasta el amanecer del día 19. Con la claridad de la aurora, se ocultaron las llamas, quedando solo la gran nube.
Pero a las seis de la mañana volvió a aparecer, entre aquel
humo, otro arco como el de la tarde anterior,
de igual tamaño y de la misma materia que, sin modificar su figura, fue
subiendo; pero luego fue encogiéndose hasta desvanecerse. En este mismo día, se puso en andas a Nuestra
Señora del Carmen, se le cantó misa y letanías y se rezó el rosario, y luego se
sacó en procesión por el cementerio [24].
Al anochecer, se trajo en procesión a Nuestra Señora de la Soledad, desde su
ermita [25],
hasta la iglesia parroquial.
Durante toda la noche y, hasta el amanecer del sábado 20, se
pudo distinguir un rumor sordo bajo la tierra, que se extendía por toda la
ciudad. Afinando uno el oído, parecía que ríos de agua corrían por las venas de
la tierra, causando gran terror entre los vecinos. De rato en rato, el volcán
arrojaba bolas de fuego y piedras encendidas, cada vez en mayor cantidad.
A las cuatro de la madrugada del día 20, un temblor muy grande se sintió en la ciudad, sus valles y contornos. No produjo estragos, pero motivó a los moradores a construir, en sus solares, unas casillas hechas de esteras y cueros de sus dormitorios [26].
A las seis de la mañana, el volcán dio un retumbo tan grande
que pareció aquello ser un tiro de artillería de 40 libras de pólvora. Sacudió toda
la ciudad, al punto de abrir puertas y ventanas, y los tiros continuaron, cada
hora, aumentando sus estrépitos, aun hasta el anochecer.
A las 12 del día hubo otro temblor, y en la tarde, se trajo
en procesión a la Reina de los Ángeles, titular de la ayuda de parroquia de la
Puebla de los Pardos [27],
a la que se rezó el rosario y letanías.
Por la noche, había un continuo rumor del volcán, como si sus
llamas batallaran sin tregua, como si se tratara aquello de cien fraguas
unidas.
Al ser la una de la madrugada del día 21, sobrevino un temblor más fuerte que los anteriores, y otro a las cinco, con grandes retumbos que, una vez más, abrieron las puertas y ventanas de las casas. Fue entonces que se sacó en procesión a la Reina de los Ángeles, alrededor del cementerio de la parroquia; se le cantó misa, y ocurrió que cesaron los estrépitos y se observó en este día, que cuando se cantaban misas a estas imágenes y a otras que luego diré, cesaba siempre la furia del volcán. Igual pasaba, en la noche, al rezar el rosario y las letanías.
A las 10 de la noche, el volcán dio un gran estruendo y
arrojó muchos fragmentos encendidos. De inmediato, toda su altura y parte de la
falda se cubrieron de niebla. Cuando amaneció el día 22, las calles, los tejados,
los patios, los campos y árboles estaban cubiertos de ceniza [28]
. En este día se dispuso poner en andas
a san Gregorio Obispo, protector de la ciudad contra temblores [29], se le cantó misa y se sacó en procesión por
el cementerio. Mientras tanto, el volcán estuvo en continuo sosiego, únicamente
con la emanación que brotaba.
En la tarde de este día, se dispuso traer, desde el pueblo de Ujarrás, que dista dos leguas al este, a Nuestra Señora de la Concepción [30]. Milagrosísima patrona, votada por el Cabildo y Regimiento [31], que en el año de 1666, ella hizo retroceder del pueblo de Turrialba a 800 enemigos piratas que venían a saquear la provincia, penetrando por el valle de Matina, con sus caudillos [32] Mansfield y Brodeli [33], los mayores tiranos que ha habido en los siglos pasados y presentes. Y efectivamente, se encomendó traer dicha imagen al licenciado don Manuel González Coronel, presbítero teniente de cura; don José de Mier Cevallos [34], teniente general en esta ciudad; el capitán don Pedro de Llanos Ramírez, procurador general; los capitanes don Francisco Betancur y don Dionisio Salmón Pacheco [35], y jueces de los campos. Además, bajo recibo jurídico, se comprometieron devolver a Nuestra Señora a su convento, en Ujarrás. Todos fueron acompañados por otros vecinos principales, y por más de dos mil personas, de ambos sexos y de todas calidades.
El día 23, a las tres de la madrugada, haciéndome acompañar por 100 fusileros, llegué hasta el alto de la cuesta del pueblo de Ujarrás [36], donde ya venía la procesión de la Virgen Santísima, en cuyo honor hice una salva de tres descargas cerradas, y tomando la vanguardia marchamos a la ciudad de Cartago, donde llegamos a las ocho de la mañana. De inmediato se llevó la imagen a la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles [37], distante de esta ciudad a un tiro de mosquete. En la tarde, se trajo en procesión a la iglesia parroquial, y por la noche se le cantaron letanías y se rezó el rosario. En todo el día continuó el volcán arrojando fuego y grandes emanaciones, formando celajes copados, como de nieve. Por la noche, casi no se vieron las llamas y el rumor disminuyó.
A las cuatro de la madrugada del miércoles, hubo truenos muy
fuertes, y a las 10 se sacó la imagen de Nuestra Señora de Ujarrás, en
procesión por el cementerio, y se le cantó una misa. El resto del día y toda la
noche continuó el volcán echando llamas y, por momentos, bolas de fuego y
piedras encendidas. Era tal aquel ruido que parecía como si ardieran, a un
mismo tiempo, numerosas fraguas.
Amaneció el jueves 25 con el mismo panorama, y se trajo en procesión
a Nuestra Señora del Trono [38],
del convento de nuestro padre san Francisco. Se le cantó misa y por la noche el
rosario.
A las cuatro de la mañana del viernes 26, surgieron
trepidaciones y prosiguió la hoguera; pero ya sin ruidos. En este día se cantó misa
a san Pedro y en la noche hubo letanías y rosario.
Desde la una de la madrugada del día 27 se advirtió que caía gran cantidad de ceniza sobre la ciudad y alrededores, y a las cuatro se oyó un enorme estampido. Al amanecer, era tan abundante, perniciosa y tan sutil la ceniza, que se introducía en los ojos, nariz y boca, provocando estornudos y tos. De igual manera, las aguas de los ríos y las acequias corrieron, aquel día, convertidas en lodo.
Este día pusieron en la parroquia, sobre andas, la imagen
del Niño Jesús de los Capuchinos de Córdoba [39]
y también la de san Nicolás de Bari [40].
Se cantaron dos misas y por la noche se continuó el rosario y letanías, mientras
el volcán arrojaba fuego con piedras y bolas encendidas de gran magnitud. Pero el
resto de la noche cesó en su ruido [41].
EI domingo 28 amaneció el volcán echando gran cantidad de ceniza
en su altura. Se cantó misa al divinísimo Señor Sacramentado, que igualmente se
sacó en procesión alrededor del cementerio, con todas las otras imágenes por
delante. A la noche se repitió el rosario con letanías.
En este mismo día, el fuerte viento produjo gran cantidad de remolinos, con la mucha ceniza depositada en la falda del volcán; y aunque uno de ellos tomó dirección hacia un costado de la ciudad, no produjo daño alguno [42].
El lunes primero de marzo se condujo a esta santa iglesia
de los Ángeles [43]
la imagen de Jesús Nazareno [44],
se le cantó misa, y en la tarde se hizo una gran procesión, con todas las imágenes
mencionadas, a la que concurrieron, más de 400 personas, incluidos el señor vicario,
la clerecía y la religión seráfica [45].
Muchos realizaron penitencias, con coronas de espinas en sus cabezas, sogas en sus
gargantas, crucifijos en sus manos, y entonando, en voz baja, el Miserere [46].
Esta demostración tan católica causó
mucha ternura aun en los corazones más endurecidos. Al volver la procesión a la
parroquia, subió al púlpito el reverendo padre fray Diego Caballero, con un
sermón apropiado a su función, a su doctrina y a su virtud.
El día dos de marzo se llevaron en procesión, al convento
franciscano, las imágenes de Nuestra Señora de Ujarrás y la del Trono, por solicitud
de su guardián, el reverendo fray Andrés Capelazo [47].
Por la tarde, las otras imágenes fueron devueltas a sus iglesias. La de Nuestra Señora de Ujarrás se mantuvo en
el convento, hasta el viernes cinco, cuando salió en procesión con destino a su
pueblo, a las tres de la madrugada. Personalmente, acompañé a la soberana
imagen hasta ponerla en el camarín de su iglesia, escoltado por 100 soldados
que continuamente hacían detonaciones, seguidos por una multitud de más dos mil
personas a pie.
El tercer día de haber iniciado la erupción, ordené a algunas personas ir a reconocer los daños y observar los fragmentos arrojados; sin embargo, tal labor no se pudo ejecutar a causa del fuego, la arena y cenizas que expedía el volcán, por lo que la diligencia no se realizó hasta el miércoles tres de este mes de marzo. Fue encomendada a los capitanes don Juan Francisco Marín Lagunas, don Juan Marqués Caballero (forastero, vecino de Panamá), los tenientes Gregorio Brenes y Marcos Chinchilla, el alférez Diego de Rojas, Juan Ramírez, Juan Antonio de Mora, Francisco de Mora, Juan Rafael, José Ramírez, Lorenzo Marín, el sargento Ventura de Mora, y con ellos, dos indios de San Antonio de Cot que, como exploradores, iban abriendo senda para que pudieran pasar los demás. El grupo regresó el mismo día y contó que subieron a la cima[48], que moldea una ladera por el norte, distante a un cuarto de legua, donde se forma un frontón al oeste, o sea donde empezó a abrir su boca el volcán, hasta ensancharse a la parte inferior y más baja de dicha altura, alcanzando casi dos leguas de circunferencia [49]. El fuego se mantenía en la zona baja, sobre la parte norte, como si una gigantesca paila de brea o de alquitrán fuera encendida en continuados impulsos, como si en aquel terrible fuego echaran partes tenues de agua. Por instantes, el volcán echaba ceniza, arena y piedras menudas, siendo tantas, como también pedrones y peñascos, que bien pudiera cargarse, con todo aquel material, más de 100 navíos de alto bordo [50].
Hoy 14 de este mes de marzo ha habido algunos temblores suaves
y el volcán ha permanecido en mudo silencio; pero ardiendo continuamente, pues la
humareda se aprecia desde la ciudad, arrojando porciones de arena y ceniza hacia
los valles de Curridabat y Barva. Por todo lo anterior y hasta hoy, he
dispuesto escribir este diario sobre todo lo acaecido con la erupción. Por tanto,
mando que este testimonio se agregue al libro corriente del cabildo, para que
sirva de memoria a esta ciudad de Cartago, hoy domingo 14 de marzo de 1723.
Diego
de la Haya [rubricado]
Desde el 14 de marzo, día que acabé la relación de los
hechos, el volcán ha seguido ardiendo, como lo muestran las humaredas que
continuamente arroja. Es como si el pecado se hubiera metido en las entrañas de
la ciudad y sus dominios, puesto que el Jueves Santo (25 de marzo) parecía
arruinarse totalmente Cartago, porque muchas voces supersticiosas se
esparcieron por todo lado, sin poder conocerse su origen.
Hoja 122 del libro del Cabildo
Además, se vio que el martes y miércoles santo aumentó la emanación,
acompañada de abundantes cenizas y arenas, lo que contristó los ánimos; pese a
ello, nadie abandonó la ciudad, y en su lugar, los feligreses acudieron, muy
conformes, a los templos. El día que se esperaba la más funesta erupción, fue,
al contrario, el día más apacible y con menos humo. Después, han continuado algunos
truenos con tenues temblores.
Desde el día primero de este mes de abril, se advirtió que la
cumbre del cráter se había cubierto de una espesa emanación, que arrojaba arena
y ceniza a los valles y potreros en su falda. El sábado tres de abril, entre las
10 y 11 de la noche, hubo un gran temblor, que se sintió más en los techos que en
los pisos de las casas, y al rato, empezó el volcán con una especie de
efervescencia. Aquello era como si agitaran los fuelles de cincuenta fraguas, produciendo,
de cuando en cuando, algunos traquidos, sin que se pudiera ver la cima del
volcán, al estar tapada por renegridos nubarrones.
Una hora después, surgió una gran conflagración, que se
prolongó hasta el día cuatro, a las dos de la madrugada, arrojando
continuamente piedras y otros fragmentos encendidos, tan alto, que mientras
subía y bajaba todo aquel material, se podían rezar cuatro credos. De pronto todo
cesó, incluso los estallidos.
El jueves ocho de abril mandé reconocer el volcán, por el teniente
Marcos Chinchilla, los sargentos Manuel Barboza y Juan Inocente, el cabo José Bermúdez,
Francisco Masís y Cayetano Orozco [51]
quienes me informaron que la boca del volcán arrojaba, sin cesar, materiales,
en tal cantidad, que todas las piedras de los contornos estaban cubiertas de
ceniza.
Desde entonces, hasta hoy, se ha observado fuego, ceniza y
arena, con mayor cantidad en los días de conjunción y oposición de la luna [52]
y en los inmediatos, presentándose algunos días con cuatro, seis y hasta ocho
temblores; pero sin causar daño material alguno. Los campos se han fertilizado
por la caída de arena y ceniza, y así se mantienen hasta hoy. Cartago, sábado 11 de diciembre de 1723. [53]
Diego
de la Haya [rubricado]
[1] Diego de la
Haya Fernández, tomó posesión como gobernador y capitán general de la provincia
de Costa Rica, el 26 de noviembre de 1718, cuando contaba con 44 años de edad.
[2] No se sabe
el lugar o lugares donde fue escrito el manuscrito. Al parecer, no fue hecho de
su puño y letra, sino que fue dictado a dos personas distintas. Es muy probable
que fuera escrito en la casa de los gobernadores, es decir, la casa en que él
habitaba con su familia (ubicada, entonces, en la esquina suroeste de la actual
Municipalidad de Cartago); pero también una parte fue escrita en la iglesia de
los Ángeles, según se desprende del mismo texto. Ver Nota 43.
[3] La frase indica que el gobernador fue nombrado por “Su Majestad”,
el rey. En esa época, España era gobernada por el rey Felipe V, conocido como “el Animoso”. Fue
rey desde 1700 hasta su muerte, en 1746.
[4] El texto
original dice: “… del bolcan que revento”.
[5] La
dimensión de la legua variaba, pero a manera de referencia, podemos mencionar
que durante buena parte del siglo XVIII se utilizaban, en España, los
«leguarios». Estos eran hitos para señalar la distancia de cualquier punto a Madrid, utilizando una legua de 8000 varas, es decir unos 6700 metros.
Por tanto, la distancia entre la ciudad de Cartago y la cima del volcán Irazú es,
aproximadamente, de 32 kilómetros, que serían unas 4.7 leguas.
[6]
El texto original dice “en
cuia [em]inencia hase una messa llana”. El Diccionario de la Lengua Española (DLE),
en la tercera acepción de la palabra eminencia, indica: 3. f. Altura o elevación del terreno.
[7] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). “Dice don Joaquín Bernardo
Calvo [Costa Rica en 1886 p. 23] que en aquel tiempo el volcán Irazú se llamaba
Reventado. El documento dice muy claramente: "Los antiguos y modernos
vecinos tuvieron por boca del volcán Reventado". Esta denominación se ha conservado
hasta nuestros días y se aplica a un antiquísimo cráter situado hacia el oeste
del actual cráter activo y que se distingue muy bien desde Cartago: pero es muy
probable que en tiempos del señor de la Haya, se conociera bien sólo el cráter
del Reventado pues a él parece referirse cuando en su informe de 1719 escribe
de la ciudad de Cartago que "por todas partes se halla guarnecida de unas
montañas eminentísimas siendo la más elevada en la que está un volcán de
agua". A muy corta distancia del actual Reventado se descubrió un rico
cementerio indígena cuyos detalles serán objeto de un estudio especial. En
varias tumbas se hallaron algunos caracoles grandes, traídos muy probablemente
del Atlántico y esto hace suponer que los indios tramontaban la cordillera y tenían
relación con los que vivían en la costa. El actual cráter del Irazú debió haber
estado en ese tiempo en un período de quietud y ciertamente desde muchos años
antes, para que los indios tuvieran la necesaria confianza de hacer sus
ceremonias religiosas, enterrar sus muertos y transportar la enorme cantidad de
objetos de arcilla primorosamente pintados e ídolos, algunos de ellos bastante
grandes, hasta transformar tan notable cementerio en un lugar tan azotado por
las cenizas y escorias, si el Irazú hubiera estado activo. El nombre
"Irazú" en ese tiempo era desconocido.
[8] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). “La actividad del Irazú debe haber principiado algún tiempo antes.
Aquí se indica la primera erupción grande, "humareda renegrida, oscura y
tenebrosa”. Debió estar formada por vapor de agua condensado que arrastró en su
violenta salida, las rocas trituradas y reducidas a finas partículas, formando
un verdadero lodo. Pero para que esto ocurriera, debió existir una activa
solfatara bastante profunda, en cuyo fondo se fue formando poco a poco el lodo
que fue lanzado después.”
[9] En
diferentes partes del texto, el topónimo Curridabat se escribe de distintas
maneras.
[10] El valle de Barva corresponde, en esta época, a la actual ciudad de
Heredia, aunque para el año 1718 ya fue bautizada como Cubujuquí. Para la época de la erupción, aún no existían las ciudades de San José ni Alajuela.
[11] La iglesia
parroquial, o iglesia principal de la ciudad, se encontraba en la manzana al
este de la Plaza Mayor, es decir, en el sitio donde hoy está el edificio de
piedra llamado “Ruinas” de la parroquia de Cartago. El primer templo, de
madera, paredes de adobes, y techo de tejas, se erigió hacia el año 1578. Su
primer cura fue el padre Juan de Estrada Rávago. El templo del año 1723 es el
mismo (con varias reparaciones), construido en el año 1662.
[12] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). “Según
los datos cronológicos del Dr. Thiel, fue cura de Cartago durante 46 años:
murió el 14 de enero de 1727.”
[13] Se desconoce el paradero de esta imagen y cómo era. A manera de referencia, diremos que hay dos
imágenes muy famosas del Santo Cristo de la Victoria, en España. Una en
Serradilla (Cáceres) y otra en Vigo. Ambas son muy antiguas, pero posiblemente
la de Cartago tenía más relación con el Cristo de Serradilla, tallado alrededor
del año 1635, por el escultor madrileño Domingo de Rioja.
[14] El templo construido en 1662 tenía dos capillas: una de las Ánimas,
al lado de la Epístola, es decir, a la derecha del altar, y otra del Rosario,
del lado del Evangelio (a la izquierda del altar). El templo fue costeado principalmente por el cura Alonso de Sandoval; sin embargo, las capillas se construyeron con limosnas de los fieles, entre ellas: $100 pesos en telas, una
mula y unas petacas de bizcocho.
[15] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). Cuando
el conducto principal es estrecho, las materias al salir producen un sonido
particular, semejante a un trueno lejano, que puede en ciertos casos provocar
vibración de algunos cuerpos.
[16] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). Hidrógeno
sulfurado, con una cierta cantidad de anhidrido sulfuroso.
[17] Nota del Prof. José
Fidel Tristán (1924). La presencia de estas llamas es para
mí algo dudosa. No niego que se presenten en algunos volcanes, pero en este
caso me inclino a creer que estas llamas no fueron otra cosa más que el vapor
de agua alumbrado por la presencia de materias incandescentes, en el fondo del
cráter, o en ciertos casos por un fenómeno óptico debido a que los rayos rojos
se filtran primero por la atmósfera a la salida y puesta del sol, tiñendo de
rojo las columnas de vapor de agua condensado que salen del cráter y dándole el
aspecto de llamas. Este fenómeno se ha observado con frecuencia en la actual
actividad del Irazú.
[18] Nota del Prof. José
Fidel Tristán (1924). En las dos páginas que faltan en el documento y
que existen publicadas, se dice que las llamas aparecieron tan pronto anocheció
y que se vieron "flamear continuamente por la parte más superior de la
eminencia'". Se vieron además "dentro de las llamas grandes porciones
de bolas de fuego y otros fragmentos encendidos". Esta nota tan clara y
precisa, da idea de que en el fondo del cráter había materias fundidas, las que
por desprendimientos gaseosos, eran lanzadas al aire porciones de materias pastosas.
Debieron haber sido aquellas bolas de fuego y "fragmentos encendidos"
bastante grandes y la altura a que llegaron muy considerable para que hubieran
podido verse desde Cartago. De la carta del Reverendo Padre Fray José Miguel Álvarez
se desprende que la primera erupción del 16 debió haber sido formidable, pues
se dice que en Curridabat y sus contornos habían caído grandes porciones de
cenizas y arenas, y habían oído los retumbos. La distancia del cráter del Irazú
a Curridabat en línea recta es de 20 Km.
[19] Barlovento.
Sitio de donde viene el viento, es decir, favorable al viento; lo contrario es sotavento,
o sea, el sitio al que se dirige el viento.
[20] La casa del vicario, podría ser la casa cural.
[21] El Diccionario de la Lengua Española (DLE, de la Real Academia Española de la lengua) indica que pica es una lanza larga, que usaban los soldados de infantería; también se llama pica a la garrocha del picador en las corridas de toros. Por extensión, pica es “una medida para profundidades, equivalente a 14 pies, o sea, 3,89 m”. Obviamente, Diego de la Haya, que conocía bien las picas por su pasado militar, utiliza imaginariamente este objeto, para proyectar y dimensionar, de forma empírica, la altura real de la erupción.
[22] Nota del Prof. José
Fidel Tristán (1924). Evidentemente una erupción. Entre las
masas oscuras, formadas en su mayor parte por lodo caliente, se desprenden
porciones de vapor de agua condensado que toma las más caprichosas formas.
[23] En la era colonial había dos caminos a Ujarrás. Es posible que
hubiera otros, pero los que mencionaré eran los más conocidos. Un camino
llamado “de arriba”, que iba al sureste de lo que hoy se conoce como Blanquillo de Oreamuno, y el más común, el camino “de abajo”, que iba frente a lo que luego sería --y aún es--
la hacienda Cóncavas, al este de Dulce Nombre; llegaba a lo que se conoce como Caiz y
bajaba por Sanchirí, hasta un punto en que cerca del río Reventazón, se dividía
en dos: uno para Orosi y otro para Ujarrás. La llamada “cuesta de Ujarras” iniciaba (de Cartago a Ujarrás) en los
terrenos que están frente al mirador de Orosi, por el norte, en dirección noreste;
se trata de una pendiente que empieza en el Caiz, luego sigue Sanchirí, cruza
la calle y continúa por lo que hoy son fincas y potreros, hasta llegar
directamente a las ruinas del antiguo templo de Ujarrás, pasando antes por el río
Reventazón. La información del camino “de abajo" y la cuesta de Ujarrás, me
fue suministrada por el historiador Pbro. Manuel Benavides Barquero.
Efectivamente, tal como se indica en el manuscrito, desde ese punto de la
cuesta de Ujarrás, se puede divisar perfectamente el volcán Turrialba, como lo puede constatar cualquier viajante que llegue al mirador de Orosi.
[24] En la era
colonial, los cementerios también se llamaban camposantos y pertenecían a la Iglesia
católica. Casi siempre estaban ubicados a la par de la iglesia parroquial. En
el caso de Cartago, el cementerio se localizaba al costado sur del templo
parroquial; en la actualidad, corresponde a los jardines de la parte externa y
sur de “las Ruinas”.
[25] Según Jesús Mata Gamboa (Historias de Cartago, 1970 p. 27) el
primer templo o ermita de la Virgen de la Soledad se inició en el año 1610. Su
ubicación, desde ese momento, hasta el terremoto de 1910, fue tres cuadras al
este de la Plaza Mayor, donde hoy está el edificio de los Tribunales de
Justicia.
[26] Cuando ocurren terremotos o temblores, en cualquier país, se suelen
usar tiendas de campaña improvisadas, para protegerse de los desastres. Estas
tiendas, que don Diego de la Haya llama “casillas de esteras y cueros”, también
se confeccionaron durante el terremoto de 1910, y fueron conocidas popularmente
como tembloreras.
[27] La primera ermita de la Virgen de los Ángeles, se construyó hacia
el año 1639. Por el año 1675 fue sustituida por un segundo templo, de calicanto
con techo de teja. A
fines de enero de 1715, un temblor causó graves daños a la iglesia quedando
desplomadas sus paredes y el armazón del techo, por lo que fue necesario
construir un tercer templo, entre los años 1715 y 1722.
[28] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). En algunas de mis ascensiones al Irazú, descubrí en varias partes de sus faldas una capa bastante gruesa de escorias, formadas por pequeños fragmentos de una lava esponjosa. Esta capa ocupa extensiones Considerables y está a distintas profundidades. En los cortes del terreno que se han efectuado en los últimos años para hacer algunos caminos y veredas he notado que después de dicha capa de escorias, se encuentra la tierra humosa, la que forma otra capa de espesor variable también la que ha permitido el desarrollo de una exuberante vegetación. En varios papales la capa de escoria ha sido removida por el arado y esta mezclada con la tierra, que resulta así muy suave y propia para el cultivo de las papas, que tanta fama tienen desde tiempos ya muy lejanos. Por el hecho apuntado anteriormente, pienso que esta capa de escorias fue formada por la erupción de 1723. En Rancho Redondo y Corralillo he visto en los cortes del camino capas de ceniza que también pudieron haberse formado en aquella memorable erupción, aunque algunas de estas capas de ceniza están a tanta profundidad que hay que pensar que muy probablemente tuvieron origen en formidables y antiquísimas erupciones del Irazú.
[29] El texto original dice: “San Gregorio Obispo, patrón de la ciudad
jurado por los temblores “. Como bien se sabe, el patrón de la ciudad de
Cartago es Santiago Apóstol; pero la frase quiere decir que san Gregorio es el
protector por excelencia, de la ciudad, contra los temblores. Aunque en el
santoral católico hay varios santos llamados Gregorio, acá se refiere a san Gregorio Taumaturgo. https://forosdelavirgen.org/milagros-gregorio/.
[30] La Virgen de Ujarrás se conoce, desde la era
colonial, con distintos nombres, entre ellos, Nuestra Señora de la Candelaria y
Nuestra Señora de la Concepción. El nombre de “Virgen del Rescate” le fue dado
en el año 1845, y su nombre oficial actual es “Nuestra Señora de la Limpia
Concepción del Rescate de Ujarrás”. Las
formas populares para referirse a ella son Virgen (Nuestra Señora) de Ujarrás o
Virgen (Nuestra Señora) del Rescate.
[31]
Patrona votada por el Cabildo y Regimiento.
La frase indica que a causa de los hechos de 1666, la Virgen de Ujarrás fue
“votada” (elegida) patrona por el “Cabildo, Justicia y Regimiento” de Cartago.
Eladio Prado, en su libro Nuestra Señora de Ujarrás (Ed. C.R. 1989) sostiene que
la Virgen de Ujarrás fue la primera patrona de Costa Rica, hasta el año 1824, año
en que se concedió el patronazgo a la Virgen de los Ángeles. Sin embargo, la
realidad es que, oficialmente, la Virgen de Ujarrás, nunca tuvo el título de
Patrona de la provincia de Costa Rica. No hay ningún documento de la Santa
Sede, ni emitido por el gobierno, con ese título, según explica Verónica Jerez
Brenes (2018), en su tesis de maestría en historia (UCR), acerca de las
mentalidades religiosas y la devoción a la Virgen de Ujarrás. Sin embargo, es incuestionable que, al menos
hasta el año de la erupción de 1723, el culto y devoción por excelencia, en la
provincia de Costa Rica, lo tenía la Virgen de Ujarrás.
[32] El texto
original dice “siendo sus cabos …”. El sustantivo “cabo”, en el Diccionario de
la Lengua Española, dice: 9. m. Caudillo, capitán, jefe.
[33] Ricardo Fernández Guardia (Filibusteros de antaño, en El Noticiero,
15 septiembre de 1912) y Eladio Prado (Nuestra Señora de Ujarrás, 1989) dicen
que fueron los piratas ingleses Mansfield y Morgan. No se menciona al pirata Brodeli, del cual hay muy
pocas referencias; pero parece haber sido un corsario italiano, que realizó
incursiones junto con Mansfield.
[34] José de
Mier Ceballos (1670-1756), fue teniente gobernador de Costa Rica, entre enero y
junio de 1710, para sustituir al gobernador Granda y Balbín, durante una
incursión que éste realizó a Talamanca para castigar a los indígenas que participaron
en la insurrección de Pablo Presbere, en 1710. Tenía el grado de capitán. Fue,
además, notario y juez político de Cartago, así como teniente general y notario
del Santo Oficio de la Inquisición. (Información tomada de Real Academia de la
Historia. https://dbe.rah.es/biografias/52048/jose-de-mier-ceballos).
[35] Dionisio
Salmón Pacheco (1693-1767). Sargento mayor, alcalde ordinario, teniente
general. Ocupó diferentes cargos, tanto en la vida política como militar en la
ciudad de Cartago, en donde incluso llegó a ocupar en forma interina el cargo
de gobernador de la provincia de Costa Rica, tras la muerte del gobernador
Vázquez de la Cuadra. (Información tomada de Real Academia de la Historia. https://dbe.rah.es/biografias/52849/dionisio-salmon-pacheco)
[36] Alto de la cuesta
de Ujarrás. Ver cita 23 anterior.
[37] En el año
1723, la devoción y culto a la virgen de los Ángeles, era relativamente nuevo,
se puede decir “en construcción”. Habían transcurrido, menos de 90 años desde
el hallazgo, por lo cual se entiende que estaba en
segundo plano, en relación con el culto dado a la Virgen de Ujarrás.
[38] Se desconoce el paradero de esta imagen y cómo era. La Virgen del Trono es el nombre de la Inmaculada Concepción, patrona de Nicaragua.
[39] No encontramos una referencia exacta a esta imagen. Puede tratarse de
una copia del Niño Jesús de la Compañía, en Córdoba, Andalucía, España.
[40] Se desconoce el paradero de esta imagen y cómo era. San Nicolás de Bari o San Nicolás de Mira, fue un obispo que vivió en el siglo IV. Nació en Patara (actualmente, dentro del territorio de Turquía). Nicolás heredó una gran fortuna de sus padres, que luego repartió entre los pobres y se fue a vivir a Mira (Anatolia). En Oriente lo llaman Nicolás de Mira, pero en Occidente se le llama Nicolás de Bari, porque un grupo de cristianos llevó sus reliquias a la ciudad de Bari, en Italia. Es patrono de Rusia, de Grecia y de Turquía, y más de dos mil templos están dedicados a él, en el mundo. Su nombre es famoso, fuera del mundo cristiano, porque su figura ha dado origen al personaje de Santa Claus (del alemán Sankt Niklaus), conocido también como Papá Noel. (Información de Wikipedia).
[41] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). “En
varias partes de su interesante narración, el señor de la Haya nos habla de
"piedras encendidas", que se veían salir del cráter. Son estas
piedras bombas volcánicas, las cuales podían hallarse en “Playa hermosa"
antes de la actual actividad. En un despeñadero bastante profundo situado al S.
E. del gran cráter en Playa Hermosa vi en cierta ocasión algunas bombas
bastante grandes que no pude fotografiar por la incomodidad y la falta de luz”.
[42] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). “En la estación
seca de los años de 1918 y 1919, este fenómeno se observó muy bien. La ceniza
seca, levantada y arremolinada por los fuertes vientos formaron a veces densos
velos sobre la cumbre del volcán”.
[43] “a esta
santa Iglesia de los Ángeles”. Esta frase revela que el capitán Diego de la
Haya escribió las notas del 1 de marzo, en la Iglesia de los Ángeles, probablemente
en la Casa de la Cofradía, contigua a la iglesia, aposento mandado construir
por él mismo, en el año 1722. Ver nota 2.
[44] Podría tratarse de la misma imagen que los católicos veneran en el convento
de San Francisco. En Cartago, el Jesús Nazareno por antonomasia es el Nazareno
del convento de San Francisco, de los padres capuchinos. No se conocen con certeza ni su
edad ni su origen, aunque la tradición indica que es una imagen colonial, posiblemente fabricada en Guatemala. Jesús Mata Gamboa (Monografía de Cartago, 1930,
1999* p. 198) indica que “la imagen del Nazareno del convento es una de las mas
antiguas de Cartago y del país también”; por su parte, José Antonio Zavaleta
(El Nazareno del convento, en La Prensa Libre, 16 de mayo de 1962) indica que
se trata de una imagen “que por siglos ha concentrado las miradas de las
generaciones”.
[45] Religión
seráfica: seguidores de San Francisco de Asís.
[46] El Miserere
—también llamado Miserere mei, Deus— es una composición creada por Gregorio
Allegri, hacia el año 1638, durante el pontificado del para Urbano VIII. Se
trata de la musicalización del salmo 51, también conocido
como el Salmo de David en el Antiguo Testamento. Relata la visita del profeta
Natán al Rey David, por haber cometido un adulterio con Betsabé. Se compuso
para ser cantada en la Capilla Sixtina, dentro de la Basílica de San Pedro,
miércoles y viernes durante los maitines de Semana Santa. Originalmente se
interpretaba en latín. (Información tomada de Wikipedia).
[47] Fray Andrés
Capelazo, nacido hacia el año 1650, fue hijo natural de María Estefanía Aguilar
Chacón. Su nombre completo era Andrés Torres Capelazo (Víctor Sanabria
Martínez. Genealogías de Cartago hasta 1850. P. 99).
[48] El texto original
dice “que habían subido a la eminencia de la mesa de
dicha altura”.
[49] El cráter, según la descripción, tendría casi dos leguas de circunferencia, es
decir unos 11 km; pero “el diámetro (posiblemente sobreestimado por los
asustados exploradores) sería de 3.5 km o menos, cuyos restos actuales serían
el borde caldérico de Playa Hermosa” (Alvarado-Induni, G. Los volcanes de Costa
Rica: geología, historia, riqueza natural y su gente. EUNED. 2011).
[50] El
Diccionario Marítimo Español de Martin Fernández de Navarrete (Madrid, 1831),
indica que navío de alto bordo, es una expresión antigua, que corresponde al “sobrenombre
que se daba a un navío de guerra, y también a todo buque grande”.
[51] Pudiera ser Francisco Cayetano Orozco Piedra (b. 25 de mayo de 1698), hermano
de Gregorio Orozco Piedra (6º. abuelo mío), e hijos ambos del alférez Francisco
Orozco Barquero, nacido en Cartago en el año 1673.
[52] Conjunción y oposición, también llamado sicigia, es un fenómeno astronómico. Se dice que la Luna se halla en conjunción con el Sol cuando pasa entre este y la Tierra, es decir en la Luna nueva. Las oposiciones lunares, por el contrario, ocurren en Luna llena. Si la Luna está cerca de los nodos de su órbita, ocurrirá un eclipse de Luna (información de Wikipedia).
[53] Nota del Prof. José Fidel Tristán (1924). Los
temblores de que nos habla el señor de la Haya son seguramente de origen
volcánico y deben atribuirse al Irazú, no así los terremotos que han destruido
la ciudad de Cartago cuyo origen, tectónico, es completamente diferente. ¡¡La
mayoría de las personas le atribuyen todos los temblores al Irazú y hasta un
geógrafo centroamericano nos dice en un libro que tengo a la vista, que “los
temblores del Irazú llegan hasta Panamá!!"
